Para una poética del resentimiento

Juan_Carlos_Paz000¿Resentidos, por qué no?

Resentido es la denominación y el comentario de rigor cuando alguien expresa su disconformidad: pero siempre la referencia contiene un tono peyorativo. Nunca se piensa en la causa o razón del resentimiento, si ella es justa o no, si procede de una falla propia o de una falta de ubicación en determinada circunstancia. Nada de eso. Si Fulano está en desacuerdo, o no ha sido ubicado en el sitio que correspondería o que él se cree con derecho a ocupar, es un resentido; el porqué de su resentimiento no interesa. Claro está que me refiero al resentido meritorio, no al inútil.

¿Y por qué no tiene que ser resentido, si en el mejor de los casos vive y transita una manifiesta injusticia, si en forma inveterada ve todos los caminos bloqueados, todas las iniciativas, realizaciones, ubicaciones ya resueltas en favor de los mediocres o inútiles recomendados de siempre, que estrechan filas para no dejar pasar a los que no forman parte del clan, a los sospechosos de no ser bien, de no ser de buena familia, como si todo eso pudiera constituirse en certificado de inteligencia, suficiencia, honestidad? ¿Cabe no ser un resentido en esas circunstancias? Claro es que el que está en la situación opuesta jamás lo será. Pero no configura un defecto el serlo; todo depende del por qué se es. No olvidar que Dante, Miguel Angel, Beethoven, Mirabeau, Danton, Robespierre, Poe, Rimbaud, Lautréamont, Nietzsche y cien más, fueron magníficos resentidos que obraron en consecuencia, y que gracias al impulso del disconformismo y del resentimiento, que animó su tremenda vitalidad espiritual, contribuyeron con su aporte extraordinario, ese que muy escasamente puede darse en el sector de los bien, y si alguna vez se da resulta más mal que bien. De manera, pues, que no importa la clasificación indiscriminada. Cabe una amplia zona de defensa si el resentimiento es legítimo, es decir, basado en razones de equidad y de justicia. En esas circunstancias, cabe plantearse la cuestión concediendo amplio crédito y razón al damnificado y preguntarse concretamente: ¿Resentido: y por qué no?

Juan Carlos Paz, Memorias II

 

La llegada de Juan Gelman

(…)
“Hoy llega Juan Gelman”, me dijo, “¿vamos a verlo?”. Quedamos en encontrarnos en la librería Liberarte a las 5 de la tarde. Yo desde las 3 de la tarde comencé a recorrer las librerías. En cada una había afiches y volantes recordándole a la gente la llegada del poeta. Yo no sabía de dónde venía el poeta ni por qué se había ido. Yo creía que Gelman era como Santoro, mi poeta preferido. Cuando llegué a la librería donde el poeta brindaría un recital de poesía, no encontré a mi compañero de trabajo. Pero había un montón de chicos de mi edad. ¿Qué edad tendría por entonces? ¿17, 18? Ellos eran un poco más grandes. Sin duda eran los poetas jóvenes de la ciudad. Entre ellos había unas chicas muy lindas, también. Fue una sorpresa para mí enterarme de que esas chicas lindas escribían poesía. Para mí la poesía siempre fue cosa de viejas o viejos. (Hasta el día de hoy sigo creyendo que la poesía es cosa de viejos o viejas). Pero ahí eran todos jóvenes. Gelman les dedicó unos versos, no sé si a ellos o, en sus palabras, “a la juventud despierta”. Yo también era joven pero sentí que no era parte de esa juventud. Leyó Gelman y todo fue aplausos. Después fueron todos a comer a una parrilla cercana al Parque Lezama y me colé. Gelman estaba del otro lado de la mesa y no me daba ni la hora. Una señora de rulos me preguntó: “¿Vos sos un poeta joven? ¿Sos de la generación del 90?”. Al final de la noche estaban todos borrachos. Gelman no estaba en la mesa, se había ido y nos quedamos solos. Yo pegué onda con un flaquito de pelo largo que leía a Ginsberg y trabajaba en una biblioteca. Tenía un extraño tic en la cara. Sus amigos hacían bromas violentas. Me daban miedo. Bromeaban mucho con los putos y los negros. Yo era un negro. Cuando volvimos caminando me invitaron a otro bar. Yo dije claramente: “No, no, yo cu, curto el 39″· Y se empezaron a reír, a señalarme y a decirme: “¡Cucurto, Cucurto, Cucurto!”.

Washington Cucurto, Las aventuras del Sr.Maíz

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