Grandes éxitos: As rosas naõ falam (Cartola)

  • ¿Tenés hora?
  • Sí.

La literalidad es uno de los recursos de los que nos creemos ingeniosos. Fingir no comprender el sentido figurado o implícito de las palabras produce un disloque que puede dar lugar al humor o, más frecuentemente, al desprecio y la represalia.

Sin embargo vivimos en un mundo de metáforas y la mayor parte del tiempo no nos damos cuenta, las aceptamos por pura repetición como si fueran inevitables. Tomar las cosas literalmente puede ser una manera de señalar esa cárcel de hilos de seda que nos rodea:

  • ¿De qué lado de la grieta estás?
  • No hay ninguna grieta, estamos en un bar y esto es una mesa.

Es cierto que la metáfora es una forma del conocimiento. El desplazamiento de sentido  de un concepto al otro establece relaciones que no habíamos considerado.

Es también la herramienta poética por excelencia. Todas las formas del desplazamiento iluminan la realidad desde distintos ángulos y cuanto más lejanas y difusas son más nos llevan a un estado en donde todo puede ser símbolo de otra cosa.

Pero cuando las metáforas se trajinan demasiado, se cristalizan y pierden su lustre,y entonces  la literalidad puede ser también una forma de la poesía. Una poesía de lo prosaico. Una antipoesía que sacude el polvo del discurso y dice “así son las cosas”.

Por ejemplo en la canción de Jorge Lazaroff y Leo Maslíah:

Digo tu nombre al viento
y el viento me llena los ojos de tierra

Todo este preámbulo es para analizar una pequeña obra maestra del compositor carioca Cartola: “As rosas não falam”

Bate outra vez                                         Late otra vez
Com esperanças o meu coração          con esperanzas mi corazón
Pois já vai terminando o verão            pues ya va terminando el verano
Enfim                                                        al fin

Que el corazón late es algo que no por obvio deja de ser bueno, y si late con esperanzas mejor. Cuando termina el verano viene el otoño, que suele representar un sentimiento triste y melancólico, pero al poeta le trae esperanzas, tal vez porque así se alivie del calor sofocante de Rio de Janeiro.

Volto ao jardim                                           Vuelvo al jardín
Com a certeza que devo chorar               con la certeza de que debo llorar
Pois bem sei que não queres voltar        pues bien sé que no quieres regresar
Para mim                                                     a mí

Inesperadamente, las esperanzas se convierten en certezas, pero de cosas tristes. Debe llorar porque la persona amada no sólo no regresa, sino que no quiere regresar. La ambigüedad entre las dos estrofas se reproduce en la música en la inestabilidad de la subdominante: I-I-IV-IV-IIM-V-I en la primeras estrofa. I-I-IIM-IIM-IIo-V-I en la segunda.

El verso importante es el primero, que nos ubica en la escena donde va a producirse la epifanía. El registro sube y prepara el puente, donde está la clave del arco musical y poético.

Queixo-me às rosas        Me quejo a las rosas

Se presenta la metáfora, casi trillada: Las rosas, símbolo del amor, personificadas, serán las interlocutoras del poeta en su queja.
que bobagem                     ¡qué bobada!
As rosas não falam           Las rosas no hablan

De pronto, lo prosaico: Las rosas no hablan. El levísimo insulto introduce la epifanía y la epifanía es terrible: el poeta está solo. Las rosas del jardín no son más que plantas y no hay metáfora que lo pueda rescatar.

Simplesmente as rosas exalam      Simplemente las rosas exhalan
O perfume que roubam de ti, ai     el perfume que roban de ti, ¡Ay!

E inesperadamente regresa la metáfora en toda su potencia y complejidad. Ante la realidad insportable llega el sentimiento abrumador. Las rosas vuelven a personificarse, ya no en testigos e interlocutoras, sino en ladronas y mensajeras del ser amado y que al mostrar su perfume hacen más evidente la ausencia.

El movimiento de entrada, salida y vuelta a entrar de la metáfora es un “uno-dos” a la mandíbula, una “fatality” poética ante la que sólo queda gritar: Ay.

Devias vir                                                        Debías venir
Para ver os meus olhos tristonhos             para ver mis ojos tristones
E, quem sabe, sonhavas meus sonhos      y, quien sabe, soñabas mis sueños
Por fim                                                             por fin

La última estrofa completa el arco global de la canción, aterrizando suavemente la emoción de la estrofa anterior en una melancolía incierta y de paso terminar con la palabra “fin”.

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