Fui a Durazno y Convención y había una farmacia (2)

Fui a Durazno y Convención y había una farmacia (1)
Fui a Durazno y Convención y había una farmacia (3)
Buscas a Roma en Roma ¡oh peregrino!
y en Roma misma a Roma no la hallas.

Como el interlocutor de Quevedo, vamos a un lugar famoso y no hay nada. Todos los giles que pasamos por Durazno y Convención repetimos el tópico día tras día. A tal punto es un cliché que se lo encuentra en muchos artículos. Recomiendo el del periodista uruguayo César Bianchi: Durazno y Convención, la esquina donde no pasa nada.

Esa experiencia para mí es abrumadora por la cantidad de problemas que plantea, filosóficos, semiológicos, de estética…

La primera conclusión es que la mayoría usamos el lenguaje muy ingenuamente. Nos dicen “en Durazno y Convención pasa tal cosa” y nos lo creemos. Tomamos el significado en su sentido más básico: El signo refiere a un objeto existente. La canción “Durazno y Convención” remite a todo lo que dice la letra. Por si quedan dudas: “Lo dijo Jaime Roos”.

Vamos y no hay nada. Entonces tratamos de ajustar la idea de “referencia” para signos más simples. Por ejemplo “perro” remite a un perro. “Durazno y Convención” remite a una esquina que existe, lo podemos verificar.

Pero dicen que signo es todo lo que puede usarse para mentir. Tengo un amigo que le puso “Perro” a su gato, y con respecto a la inexistencia de las esquinas está este cuento de Leo Maslíah (¡que casualmente vive en Durazno y Convención!).

Cuando se hacen estos cambios en el lenguaje la gente, en general, se ofende muchísimo. Estamos acostumbrados a las cosas sólidas y a las palabras que se refieren a esas cosas sólidas. Y sin embargo, nadie se enoja ni se desconcierta cuando lee “El señor de los anillos” y nadie cree que elfos y hobbits existan. (Bueno, algunos sí.)

Jaime Roos habla en varios reportajes sobre la canción y parece señalar que es sólo un problema de diacronía: todas esas cosas estaban pero ya no están más [edit: estaban cuando él era chico. “Nació allí” aclara P.G.]. Igual que las murallas de Roma. Así se suceden las historias sobre el tendero judío que escapó de la guerra, la prostituta de piel negrísima llamada Marilyn, el campito donde se jugaba a la pelota, etc. Estas historias justifican la canción.

La cuestión es si esa justificación es necesaria. “El Silmarillion” justifica a “El señor de los anillos” pero es igualmente ficticio. Pareciera que el hecho de estar “basada en una historia real” aumentara la emoción de la canción. Yo creo que solo nos tranquiliza de la angustia de que las palabras mienten.

Tal vez convenga pensar en términos de “discursos”; combinaciones complejas cuyo sentido es mayor que la suma de los signos individuales . Así sobre la palabra “Durazno” se acumulan muchos sentidos, sobre “Convención” otros, y en el cruce de las calles todos esos sentidos se condensan y se crea la ilusión de lo trascendente.

Poco importa si el bichicome en el que pensaba Roos al componer paraba en Convención o en la esquina de Durazno y Maldonado.

Jaime Roos

Toda esa exégesis de la canción en los reportajes es un meta-discurso, una segunda obra de arte que nos lleva al tópico del “ubi sunt”. ¿Qué se fizo el Rey Don Juan? ¿Dónde están los perros de los bichicomes?

El tópico en su forma más pura es tajante: son polvo. Pero en algunas de sus variantes se dice que algo queda. Del rey queda la fama, de la rosa el nombre, de Roma el río fluyente y de la esquina, la canción.

huyó lo que era firme y solamente
lo fugitivo permanece y dura.
 

(Última parte)

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