Semiosis del pimpollo (3)

Primera parte: Canciones con instrucciones. (editado)
Segunda parte: Yo lo escribo, yo lo canto, yo lo bailo.

Todos juntos: ¡un, dos, tres!

Fiesta. Todos bailando alegremente una de las canciones con instrucciones.

Un, dos, tres, todos para abajo.
Un, dos, tres, todos para arriba.
Un, dos, tres, manito con manito.
Un, dos, tres, dando golpecitos.
(El símbolo, 1, 2, 3.)

 Pero yo me siento un poco incómodo. Hay algo que no me termina de cerrar.

Un, dos, tres.
Un pasito pa’lante, María.
Un, dos, tres.
Un pasito pa’ atrás.
(Ricky Martín, María)

Todo muy lindo pero no lo logro coordinar con los demás, algo me inquieta.

—¡Ya sé!—grito—. ¡Pare la música!

La música se detiene, se encienden las luces, todo el mundo sorprendido en el acto de dar un pasito pa’lante. El ruedo del vestido de novia suspendido en el aire, las corbatas balanceándose de los torsos, inclinados hacia adelante.

—En estas canciones hay un problema —explico—. La locución “un, dos, tres” en el habla coloquial se utiliza para sincronizar un movimiento conjunto, como levantar una mesa. A pesar de lo que parecen sugerir los números, se establece un compás de dos tiempos con acentos en “un” y “tres” donde el tiempo transcurrido entre “un” y “dos” sirve como medida para prever la aparición de “tres” y de esta manera realizar el movimiento de manera coordinada.

Silencio. El padre de la novia, psicoanalista, se mesa la barba.

—Pero en estas canciones —sigo— el “un, dos, tres” se dice antes del movimiento que hay que hacer. ¡Así no se puede coordinar! La canción debería decir “un pasito pa’lante: un, dos, tres”, para que todos podamos dar el pasito pa’lante al mismo tiempo.

Interviene un muchacho con aspecto de rugbier, con la cara visiblemente roja.

—¿Pero qué decís? Es evidente que con las sucesivas repeticiones del estribillo ya sabés qué tenés que hacer. La redundancia es endémica en el género.

—No me convence —contesto—. Mi solución permitiría bailar todos juntos aún en la primera aparición del estribillo.

El encargado de seguridad apoya su mano en mi hombro.

—Pero en realidad tu argumento tiene algunas falencias —dice amablemente—. Para coordinar un movimiento en la vida diaria se usa más la fórmula “uno, dos y… tres”. Se agrega un tiempo en “y” donde sube la entonación y se transforma el ritmo en anacrúsico.

—Eso —dice una jovencita de abultado escote— cuando no se usa el problemático “¡a la una, a las dos y a las… tres!”,  que al tener un ritmo libre con una pausa sobre “las…” genera incertidumbre y descoordinación. ¡Pero eso no tiene nada que ver con el caso de Ricky Martin!

Veo que la chica blande el taco del zapato mientras argumenta e intento conciliar.

—En fin, quizás me excedí. A lo mejor “un, dos, tres” sirve como un llamado de atención. Un marcador de énfasis que señala que el movimiento a continuación es importante.

Finalmente interviene el psicoanalista:

—Es posible —concede—. Pero es más probable que su origen sean las clases de danza. Yo miro todos los programas y realitys de baile, de hecho participo en uno, y para aprender una coreografía la música se cuenta siempre en “ochos”. Si prestás atención, en estos dos casos, “un, dos, tres” son siempre los tres primeros tiempos de una frase de ocho. Para empezar un movimiento la cuenta es “cinco, seis, siete, y…”. Si, en lugar de establecer la arqueología de la lambada y de On The Floor te hubieras dedicado a aprender la coreo ya lo sabrías.

—…

—Y ahora si nos disculpás, queremos seguir bailando.

—Bueno —digo.

—¡DJ! ¡Música!

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2 Responses to Semiosis del pimpollo (3)

  1. Ana says:

    – Interesantes puntos de vista – masculló un pedagogo musical. – Estas canciones tan adultas recrean el mundo lúdico musical del jardín de infantes. Veremos, en generaciones futuras, que resultados brinda educar apostando a la aceptación de la diversidad con intervenciones similares a “¿Todos los cocineros cocinan igual?”.
    “Hacen así, sí los cocineros” (canción popular infantil, Sobre el puente de Avignon)

    • admin says:

      Gracias Ana por tu comentario certero. Seguramente obtenemos placer del hecho de estar haciendo todos lo mismo. Pero efectivamente podríamos hacer las canciones polifónicas donde “algunos cocineros hacen así ♪♫, y otros cocineros hacen asá ♪♫”

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