Semiosis del pimpollo (1)

Canciones con instrucciones

Los sacos colgados del respaldo, los zapatos de taco junto a las carteras, las corbatas flojas, el peinado desarreglado. El enésimo plato en el estómago, el alcohol bullendo en las venas. Las  luces vuelven a bajar y los parlantes atruenan:

¿Y qué tal si salimos todos a bailar,
todos a bailar, todos a bailar?
(Georgie Dann, Cachete, pechito y ombligo.)

Y, conmovida por la sugerencia, la masa de treintañeros se lanza a la pista para bailar una sucesión de éxitos de veranos pasados. En cierto momento el grupo de bailarines deja de practicar una coreografía libre para entregarse a un movimiento coordinado:

Dale a tu cuerpo alegría, Macarena
que tu cuerpo es pa’ darle alegría y cosas buenas.
(Los del Río, Macarena)

Aquellos cuya habitación ha sido un táper en los pasados 30 años, nos preguntamos: ¿Cómo aprendieron esa coreografía?

La primera respuesta es tan obvia como lapidaria: “Teniendo una vida social más activa”. Asimilado el golpe, podemos plantear una hipótesis: “Por imitación de sus pares, a través del ritual del baile compartido, o en caso de aislamiento, a través de videos que desarrollen la coreografía”.

No hay una serie de instrucciones verbales o escritas que nos indiquen “Primero, extender el brazo derecho…”. Ni siquiera, en el artículo de Wikipedia (aunque esto lo sabremos después).

No hay tiempo para la autocompasión ya que rápidamente vienen en nuestro socorro toda una serie de canciones que ayudan a integrar a los socialmente inadaptados.

Canta el filántropo King África:

Salta, salta, salta, salta, salta sin parar.
(King Africa, Salta)

¡Esta es una canción fácil de bailar! El autor actúa aquí como aquellos violinistas en el “baile del cuadrado” que van recitando “cada cual con su pareja, por la derecha…” o los bombistos de grupos folclóricos que amablemente nos recuerdan las partes de un escondido: “¡A la vuelta!, ¡otro zapateo!, ¡se acaba!”

No necesitamos el video o la pista de baile. Podríamos bailar Salta, solos con nuestro walkman, aunque la oyéramos por primera vez.

La canción termina. Afortunadamente, ya que nuestro estado no nos permite seguir saltando sin riesgo para nuestra salud. Pero ya suena El Símbolo, grupo argentino que ha basado su éxito en este tipo de canciones con instrucciones:

Todos para abajo.
Todos para arriba.
Bien agarraditos,
manito con manito
dando golpecitos.
(El símbolo, 1, 2, 3.)

Ya tenemos un patrón: en este género las intrucciones están integradas a la canción. El compositor actúa a través de su obra para producir un efecto coreográfico por dos vías. Una sensible, a través de los medios propios de la música que se sincronizan con nuestros ritmos corporales por caminos que no vamos a explorar aquí. Y otra racional, a través del lenguaje que ofrece instrucciones u órdenes sobre los movimientos a realizar. El apoyo visual se vuelve innecesario.

La palabra, portadora de sentido, actúa sobre nuestra comprensión y nos permite realizar el movimiento deseado.

Intento explicarle el descubrimiento a mi pareja de baile mientras damos golpecitos, pero no parece escucharme porque

“Ya se viene Azul Azul con este baile que es una bomba”
(Azul Azul, Bomba)

(segunda parte)

(tercera parte)

 

 

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